El día de la marmota

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Se levantó a mitad de mañana, aún con la noche del viernes en la memoria, aún con un fracaso en Pamplona pendiente. Pero los sábados acostumbraba a hacerlo. Desayuno de campeones, ligas internacionales y jugosos textos: la jornada comenzaba.

Se levantó a mitad de mañana, aún con la noche del viernes en la memoria, aún con un fracaso en Pamplona pendiente. Pero los sábados acostumbraba a hacerlo. Desayuno de campeones, ligas internacionales y jugosos textos: la jornada comenzaba. “¿A quién coño no le gustan los sábados por la mañana?”, se dijo al tiempo de despertar a su mujer de la cama. Tan radiantes, tan tranquilos, tan vitales. La tarde se vino con amigos pero inquieta. Un nudo en la garganta, todavía el yugo de un Dépor tumbado en la lona. Con los nervios tensados, la cabeza en Riazor y la alegría entrecortada, el plan de choque les salió natural: sobremesa de alcohol y partidos clásicos alrededor de una mesa repleta de ceniceros con colillas, vasos usados, viejas revistas y conversaciones entre memorias desgastadas. Música de fondo, fotos y videos. Botas Adidas Copa Mundial, pantalones cortos y camisetas Umbro de rayas de verdad. Pura droga sin cortar. Ribera y Bonnissel inspiran más que Aythami y Sílvio. Renaldo tenía más glamour que Bodipo. Claudio la ‘rompía’. Y así dieron las ocho, evadidos en ginebra y hielo; ginebra y recuerdos, Blur y goles de Bebeto. 16 puntos convertidos en polvo entre la niebla, mil goles dibujados una y otra vez. Tres a cero fácil.

Llegaron por tribuna a su terraza de gritos y previa. Hacía frío pero llevaban el corazón caliente y el juicio dormido, el alma blanquiazul y sosiego en el sentir, aun con las piernas temblorosas. Sobrios de miedo, borrachos de euforia. ¿Para qué preocuparse cuando siempre hay tiempo para eso? Tres a cero fácil, se volvieron a decir, y entraron a Preferencia. Pasaron el carnet una vez, otra, y otra más. Tres a cero fácil, pero para la maquinita: primer revés. Después del vomitorio, el todo tan verde bajo la noche. Ya dentro y con la gente en pie, buscaron su espacio y se abrieron paso entre las filas de rodillas sin rostro. Se sentaron y apoyaron al tiempo el tabaco en las viejas maderas que juntan la antigua publicidad a los roídos cimientos de Riazor. Hierro, telarañas, madera e incómodos asientos de plástico: there’s no place like home. Sacaron la petaca y brindis a los focos, cartulinas al culo. ¡Que le den a los mosaicos! El de atrás con Lendoiro, los chavales con la pipas, el o meu neno de Carmiña y el loco de los insultos disparando sin distinción. Todo listo.

Arrancó y a la primera pelota, antes del minuto, antes incluso del primer cigarro, todo se vino abajo. Gol de vestuario. La chica de al lado ni se enteró. Con cero a uno y teniendo que remar, contra el marcador y el propio planteamiento, llegó la fealdad. La absoluta fealdad. Un drama de partido, un asco, un correr en vano que casi deja tres goles más en el debe. Pero, de repente, como si de una divina compensación por toda la temporada se tratase, apareció el milagro en forma de dos goles inesperados. El primero, más que celebrarse, se sintió adentro; el alivio del enfermo. El segundo, poco después, les cambió la cara y se fueron al descanso tan felices como cuando se comía empanada y se sacaban las botas de vino. El emblema de Aranjuez, el guerrero de la segunda juventud y el cariño tatuado a fuego.

Salió así el Dépor a contemporizar en el segundo acto. Nada pasaba en un tedio que convenía a los de Paciência hasta que llegó Sílvio para pegar otro golpe de timón a un partido de rumbo distraído: diez hombres y una afición abandonados al estoicismo de aguantar lo que, ante el asedio, pronto se convirtió en un dos a dos. Fue hacia el final cuando el equipo, efervescente, despertó a la grada: apareció tímido Oliveira, erró Álex de cabeza y, tras otra carrera de Bergantiños –el único keniata rubio- , la tuvo Pizzi para prender fuego a Riazor e iluminar la noche; falló y fue Ricardo Costa quién fundió todo a negro dejando hielo y tempestad en Riazor. Otra vez el silencio. Otro cuento repetido.

Mucha historia, nueva derrota. El día de la marmota. Impávidos y callados, pidieron explicaciones a Riazor. Tras cinco minutos en soledad, nada les había dicho. Volvieron tras sus pasos, usando ahora las piernas en lugar de la ilusión, a sentarse dónde siempre lo discutían todo, dónde los camareros miran tristes si A Coruña pierde. Unas pocas menciones al árbitro, muchas a Sílvio y ninguna a Paciência. El balón había terminado a las dos. No así la noche, que se les alargó hasta el día entre copas, faldas cortas, pechos de silicona y tíos con escote. Preciosa fauna contemporánea coruñesa, tan rancia como las luces de neón en los noventa, tan vulgar como Camuñas. Anestésica basura y vuelta a casa, al fútbol de domingo, al fútbol que todo lo invade. Dan las doce y el Madrid empieza el festín de las desigualdades. Entre Termalgin y litros de agua se alegran locamente con los cinco a Osasuna o la derrota del Mallorca. Otro fin de semana vaciando decepciones en errores ajenos. Por eso todavía está cerca Primera aunque la soga apriete, el juego se evapore entre carreras y la institución se encuentre en un profundísimo coma inducido.

Love, love will tear us apart, again -el amor nos destrozará de nuevo-, cantaba Joy Division antes de que Ian Curtis se quitara la vida con 23 años. Las grandes batallas, como la de Mayo de 2011, deben perderse siempre con el corazón en la mano y el alma entregada. Todavía quedan destellos, pundonor y una hinchada que nunca se rinde. Y vídeos de cuando fuimos los mejores. Pobre del que quiera quitarnos la ilusión.

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