De la mano del balón

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Calmado y de pausa, Juan Domínguez no entiende de gestos tribuneros ni hace gala de un vistoso derroche físico. Por ello y, pese a su innegable talento, sus actuaciones le reportan un sinfín de críticas y dudas. Continuamente en entredicho, el canterano no es, ni por asomo, el futbolista mimado de la afición.

Recibe la pelota de espaldas y, tranquilo, zafándose de la presión de un contrario, se gira en un gesto acompasado y suave, natural. Cual cisne que acaricia el agua, Juan arranca casi deslizándose, cabeza erguida y oteando el horizonte, con una elegancia innata en la conducción. Todo encaja en sus movimientos firmes. Se mueve a largas y rítmicas zancadas. El balón cosido a la bota y cientos de líneas de pase en su cabeza. La toca en corto y sigue al espacio, abre a la banda y, como si un imán tuviera, la pelota vuelve a él; para que filtre un pase, para que busque las fugas. En segundos, todo el equipo ha avanzado por el terreno de juego y llega a puerta con facilidad.

Eso es Juan Domínguez: un futbolista capaz de enlazar la transición ofensiva con la elegancia de un cisne. Pero esos destellos de futbolista de categoría no aparecen, por ahora, tan a menudo como deberían. Todavía no está hecho, todavía no ha encontrado su sitio. A medio camino entre el mediocentro y la mediapunta, ha sufrido para brillar y adaptarse a los esquemas que el club de sus amores le ha brindado hasta la fecha. Pero no por ello debe frenarse su influencia, su expansión en el juego; contra el músculo y la carrera infatigable predominante en la actualidad, él pone la pausa y el sentido. Y los jugadores de su clase, capaces de retener la pelota y ver el juego como si estuviera parado o hacer parecer sencillo lo sumamente complicado, escasean. El problema al que se enfrenta Juan Domínguez es que para tapar la vistosidad y el derroche físico que exige la mayoría del colectivo hay que demostrar mucho, ser ‘muy bueno’: marcar las diferencias. Se trata de ir contra el sistema, de convencer de que no por correr más se es mejor futbolista sino que, habitualmente, sucede todo lo contrario. Pero todavía no lo ha conseguido. Tenemos, entonces, un pez que nada a contracorriente y se ahoga sin la pelota, por lo que el camino, lejos de ser fácil, se convierte en un continuo debate entre quienes aprecian su especial condición y entre quienes demandan que, calidad presente o no, todos deban ser obreros.

Y cada vez que se pone en entredicho la importancia y especialidad del futbolista coruñés, un específico caso, similar por críticas y dudas, aparece en la memoria: Xavi Hernández. Aunque la comparación aparezca sobredimensionada y fuera de lugar, sí es oportuna para ilustrar la situación del jugador coruñés, constantemente cuestionado como lo fue en su día Xavi en el Barcelona. De explosión relativamente tardía, también al de Terrasa se le acusaba de cierta indolencia, de ese ritmo lento y pausado. De ese parecer que no hace nada. Dónde unos veían sangre fría e ideas clarividentes, la mayoría apreciaba falta de preparación, físico y nervio para la máxima categoría. Mérito olvidado de Louis Van Gaal, la aparición de Xavi como metrónomo barcelonista años más tarde hizo crecer al equipo en su idea; una idea que iba ligada a la filosofía del club pero que tardó en hacerse ver por el público, tardó en cristalizar. Tardó en encontrar a Xavi tanto como Xavi tardó en encontrar su espacio. Quién debe buscar a quién es una cuestión influenciada por infinidad de factores y de difícil respuesta, tal y como ocurre con Deportivo y Juan Domínguez.

Evidentemente, Juan Domínguez no es Xavi Hernández. Ni mucho menos. De hecho, en una comparación pormenorizada, apenas son algunos rasgos de su juego los que tienen en común. No obstante, extrapolados, sí se aprecian similitudes. Cada uno en su ámbito y contexto, ambos tienen la capacidad de crear juego, de comulgar con una idea futbolística que parte de la posesión de la pelota. En la filosofía que pretende inculcar José Luis Oltra, gustosa de ese buen trato de balón y preponderada hacia el fútbol ofensivo, el canterano debería ser pieza clave. Debería ser arropado y protegido tanto dentro del campo como fuera de él, no cuestionado y criticado. Dejando la última evolución de Messi a un lado, el esquema del Barcelona creció cuando lo hizo alrededor de Xavi. En el Deportivo, ese faro asociativo y constructor debería ser el futbolista coruñés. Cierto es que todavía es pronto para dotarle de tal responsabilidad, pero dejemos que crezca y desarrolle su juego, que encuentre su sitio, que se adapte al juego para que luego el juego pueda adaptarse a él. Todavía demasiado horizontal, pero en progresión y capacitado, cuando encuentre el dominio completo de los espacios y el tempo, de las diversas situaciones y registros que le hagan capaz de dominar un encuentro, Juan Domínguez será uno de los grandes futbolistas de este Deportivo. Más aún cuando falte Valerón

Si bien está falto de garra y fuerza, no le falta carácter, es inteligente y, pese a sus aparentemente constantes desapariciones, realiza un trabajo táctico posicional que no debería quedar en segundo plano. Pero no más allá de eso, pues su función no debe ser la de correr para robar o destruir, sino la de mantenerse fresco en zonas de influencia del juego, encontrar los espacios para ser la guía del juego de posesión, transición y ataque. Organizar y enlazar, asociarse al talento. Una vez se sienta capaz y progrese, despacio pero certero, concentrado en la potenciación de unas virtudes que le son propias y poco comunes, aparecerá el verdadero Juan Domínguez.

De todas formas, si se pretende otra cosa que no sea el gusto por la pelota, no achaquemos a Juan Domínguez sus defectos: Xavi, probablemente, no tendría sitio en la Grecia campeona de Europa o en el último Chelsea. Juan, como todo futbolista, es lo que es y crecerá en su camino si el camino le acompaña. Hacer que corra, bregue y defienda como un pivote defensivo es condenarle de antemano. Alguien capaz de aguantar el balón, meterse entre líneas, buscar los espacios y mover al equipo desde el pase y la inteligencia, sería en otro lugar el ‘niño mimado’ de la afición; y más teniendo en cuenta la situación del fútbol actual. El paso adelante depende del propio futbolista, pero Riazor puede auparle o enterrarle. Sin crédito ilimitado pero arropado y protegido, de manera paciente, tanto club como futbolista deben crecer en su idea: Juan y Deportivo deben encontrarse.

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